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Nacemos
con una predisposición hereditaria a un determinado tipo de piel, tanto
a favor de un cutis fino y delicado como a una tendencia natural a las arrugas.
También heredamos una estructura ósea, unas proporciones del cuello,
unos pómulos y una anchura de la mandíbula que son importantísimas
a la hora de valorar, no sólo el tratamiento a ser realizado, sino también,
el resultado que podemos esperar y la duración de éste.
Una piel atrofiada se manifiesta como apergaminada, y las arrugas que presenta
son finas, abundantes y se extienden por toda la cara, por el contrario, la piel
que mantiene cierta elasticidad, aunque pueda presentar arrugas, éstas
siempre serán menores. El caso más extremo es la enfermedad de Ehlers
Danlos, en la que aparece una vejez prematura del organismo ya en la infancia.
El estado hormonal, principalmente las deficiencias que acompañan a
la menopausia, afecta directamente al estado de la piel.
Existen factores externos de los cuales el sol, las radiaciones solares, es
el más importante: contribuye a la atrofia de la dermis y a la formación
de tumores cutáneos, sobre todo a través del efecto de los rayos
ultravioleta; por otra parte, tiene un efecto acumulativo que hace que sus manifestaciones
sean tardías. El engordar es el segundo factor en importancia, y supone
un estiramiento de la piel que cuando va seguido de adelgazamiento importante
hace que aparezcan las arrugas de forma más manifiesta. Este mismo fenómeno
es el causante de las estrías corporales que son una especie particular
de cicatrices. Los hábitos nocivos como el tabaco y el alcohol, una alimentación
inadecuada, el estrés, la insatisfacción profesional y los problemas
emocionales influyen de manera muy importante en el estado de la piel y en la
imagen física. Por último, los masajes violentos, realizados de
forma intempestiva, pueden distender la piel, así como algunas cremas irritantes
o medicamentos pueden acelerar la formación de arrugas. 
Flacidez cutánea » Arrugas
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